Primeras materias íberas - Gabriel Celaya
Publicado en: Gabriel Celaya, agua, dios, fuego, piedra, poesía
Gabriel Celaya muestra, en el poema siguiente, una descripción de una Iberia que vive arraigada a los versos del poeta e incluso, a los días de su propia existencia. Gabriel Celaya consigue plasmar la rudeza, bravura, inmensidad y luminosidad de la tierra que lo acoge.
El poema “Primeras materias íberas” está compuesto en versos que enuncian un conjunto de materiales comunes en la península ibérica, pero sin pretender estructurar un paisaje o una escena en específico, y no lo hace porque eso le pondría límites a la imagen y le restaría fuerza al texto. Tal como está, los elementos así enunciados nos remiten a la inmensidad del territorio ibérico.
La casi ausencia del hombre en el texto sirve para llevarnos lo más lejos posible de la urbe, nos sitúa en medio de la naturaleza misma. Para que finalice el texto con la intervención humana: un grito indefinido, en evidente contraste con lo absoluto y claro que se presentaba la naturaleza.

Primeras materias íberas
(De “Iberia sumergida”, 1978)
El esparto, la sal, el granito,
lo estrictamente seco, lo ardientemente blanco,
la furia indivisible en la luz absoluta
de un sol por todo lo alto y un espacio vacío.
Las piedras abrasivas y la cal deslumbrada.
El cuarzo y su explosión de estrellas diminutas
metidas en los dentros de lo que no se explica.
Y el explendor del mundo carente de sentido.
Aquí, en los dentros, roca, luz, furia, sequedades,
detalles violentos y a veces luminosos;
y el tejido del aire, los temblores del lino
entre los leves dedos de una brisa insinuante.
Lo digo, y al decirlo, recuerdo cuentas, cuentos
que Plinio registró con nombres sustanciales:
la bellota, la arcilla, la encina y el arrabio,
el vino y el calcanto, la pizarra y la cera,
el escombro, el electro, la plata viva ardiente,
el deslizado aceite, el plomo negro o blanco,
el cárbaso, los higos, la cebolla albarrana,
la sal en bloque, el agua mineral y el conejo.
La luz de los metales: sus encuentros sagrados
y en la noche, enterradas, sus mil aguas quemantes,
y ese furor del oro, rojo león llameante,
y ese azul de aire ardiente, duro esplendor parado.
¡Furias! ¡Dominaciones! ¡Dioses devoradores!
¡Velocidades ciegas! Y de pronto, ante el sol,
un grito alucinado que gira sobre sí,
que puede, que podría ser no se sabe qué.






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